Creer que “el tiempo lo cura todo”, como por arte de magia, puede llevar a las personas a esperar que ocurra el milagro que le hará sentirse bien en algún momento determinado, sin poner nada de su parte. ¿Dentro de cuánto? ¿Una semana? ¿Dos meses? ¿Tres años?

Las emociones no funcionan así. Recuerdo el relato de una paciente que se preguntaba “¿Cómo sobrevivir al dolor que supone la pérdida de un ser crucial en tu vida, cuando todo a tu alrededor te manda mensajes de que no pienses en ello, de que mires hacia el futuro, de que seas fuerte, y de que sigas, hacia adelante…? Cuando no sabes lo importante que es parar, llorar, pedir ayuda, sentirte acompañada y entender lo que ha ocurrido… Cuando escuchas que ya ha pasado el tiempo suficiente y ya no es hora de seguir anclada en el dolor porque «ya no tienes motivo» para seguir sintiendo tristeza.

Y tú sigues adelante, porque lo crees, porque te intentas convencer de que los demás llevan razón y no te escuchas y te niegas la emoción. Y van pasando los días, semanas y años y cada vez que piensas en ello se te inundan los ojos de lágrimas y vuelves a sentir dolor, mucho dolor… Cuando ese dolor se incrementa por la soledad, la incomprensión y el sentimiento de culpa por no poder atender como te gustaría a los que dependen de ti. Cuando piensas que eres un extraño por seguir sintiendo la tristeza como si fuera el primer día después de muchos años.”

En terapia esta situación es más frecuente de lo que pensamos. Hay personas que buscan una especie de anestésico que les evite el sufrimiento, que bien podría ser el tiempo, pero no se trata de anestesiar, sino de sanar. De curar la herida que está produciendo tanto dolor. ¿Cuál es la forma de hacerlo? Elaborar un buen proceso de duelo con ayuda terapéutica es, sin duda, una de las mejores vías. La escucha activa, los abrazos, el consuelo, darte permisos, escucharte, son algunas de las cosas que funcionan. En definitiva, dedicarte el tiempo y los recursos necesarios para identificar el dolor, para aceptarlo, para llorarlo y decirle adiós conscientemente.

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